12/09/2016

En otra ocasión se ha intentado pero fracasó. La esperanza en este nuevo intento es grande; es la única para millones de personas que viven aterrorizadas dentro del país y para millones que se han marchado y están refugiadas en distintos lugares. El intento de tregua merece ser animado y respaldado por países y organismos internacionales porque solo así se podrá pensar en el regreso de muchos que así se expresan en los campos de refugiados y ciudades que les acogen. El campo de refugiados, el exilio, decíamos, no puede ser el final.  El final es poder volver, incluso sin saber que puede quedar de lo que una vez existió.

Si la destrucción de Palmira fue un acto de odio, la destrucción de Alepo y de otras ciudades es odio y pura maldad. Los daños a las poblaciones no tienen reparación posible. Pero la paz todavía vale la pena.

Los acuerdos entre los Estados Unidos y Rusia para unir fuerzas, incluso con el régimen de Bashar Asad, y así luchar contra el estado islámico, quizás sean la única manera de detener las acciones de este. Seguramente el acuerdo de paz no satisfará a muchos que padecen directamente la guerra e incluso a observadores y ONGs. Rusia jugará un papel importante en la zona y el actual régimen sirio verá reforzado su poder, justamente lo contrario de lo que hace cinco años se perseguía. Pero el éxodo hacia el sur de Turquía disminuirá y el número de personas que emprenden la huida a través del Mediterráneo, también.

El Consejo de Europa daba hace muy pocos días la cifra de 268.000 personas llegadas a Europa por mar en este año, y 3.100 muertos o desaparecidos. El número de menores es de muy difícil cuantificación, pero se sabe que es muy alto y que la mayoría llegan de manos de traficantes y proceden de distintos países. Por ello la paz en Siria no acabará con estas huidas pero seguro que disminuirá el número de personas que quieren salir del infierno por cualquier medio. Y ahora el infierno también está en Siria.

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